Esta semana jugamos España-Polonia, un amistoso.

Más de una vez se ha dicho que una de las mayores contribuciones de la actual Unión Europea a la paz fue el establecimiento de las Becas Erasmus  y todos los programas de intercambio de estudiantes entre centros europeos. Estas ayudas han hecho exponencialmente mucho más que cientos de años de tratados, acuerdos políticos y comerciales por salvar las diferencias de la amalgama de pueblos que conforman el viejo continente. Tanto es así que hoy en día es difícil no encontrar en la agenda de cualquier treintañero el nombre de algún amigo italiano, francés, irlandés, alemán o francés. En estas nuevas relaciones, sustentadas en parte por la cercanía que brindan las nuevas tecnologías, existe un hilo que unifica y permite mimar esas amistades, se trata del idioma.

Las lenguas, en su profunda riqueza son el pegamento que nos acerca al otro, que nos hace sentirnos semejantes, que nos iguala y que lima aristas, porque, en definitiva, nos permite amar las diferencias desde la comprensión. En este nuevo patio internacional, existen alianzas clásicas, como pasa con italianos o griegos, con los que la base de la cultura mediterránea ejerce una potente fuerza de atracción. Por su parte, la innegable influencia cultural es clave a la hora de entender la fascinación que ingleses, franceses o alemanes, por poner sólo unos ejemplos, ejercen entre muchos europeos que eligen estos países como destino de estudios o trabajo. Sin embargo, este es solo el primer círculo de contacto. Son nuestros vecinos de los pisos contiguos o inmediatamente superiores, pero este nuevo orden nos ha permitido coger el ascensor y visitar a los vecinos que habitan cerca de las azoteas, en los límites de Europa y afianzar unas relaciones que vienen de antiguo.

La comunidad de vecinos europea

Esta semana recibimos en Hablaworld Learning Center a un grupo de 28 alumnos de Varsovia. Se trata de un numeroso grupo de estudiantes que ha escogido Sevilla y nuestro centro para realizar un programa de inmersión en español. Leyendo esto muchos pensarán “Bueno, de eso se trata, ¿no?” Y efectivamente, somos un centro cultural y de enseñanza de idiomas y por nuestras aulas han pasado cientos de alumnos locales así como extranjeros de países tan dispares como Islandia, Suecia, China o Australia, sin embargo, seguimos entusiasmándonos cada vez que constatamos el interés que despierta en distintas zonas del planeta el español y todo lo que lo rodea.

Concretamente Polonia es uno de los países en los que el estudio de nuestra lengua ha vivido un incremento espectacular en los últimos años con más de 77.000 alumnos de español como segunda lengua (según datos del último Informe “Español Lengua Viva” elaborado por el Instituto Cervantes en 2016). Quizá la cifra no llame la atención comparada con el número de personas que estudia español en países como Estados Unidos (7.820.000), Brasil (6.120.000), Francia (2.589.717)  o Italia (687.152), sin embargo es más que contundente si tenemos en cuenta las diferencias demográficas, geográficas y estratégicas con respecto a estos países con los que España mantiene estrechas y tradicionales relaciones. ¿Qué pasa entonces con Polonia? ¿Cuál es la razón de este interés por una lengua y un país, a priori, tan alejados de sus fronteras? ¿Han sido España y Polonia en otro tiempo más que vecinos lejanos? Vamos a proponer un viaje en el tiempo para indagar en las relaciones que históricamente y, sorprendentemente, nos han unido. 

El amigo que vino del norte

Si algo bueno tiene la intrincada historia europea, llena de desavenencias y conflictos, pero también de alianzas y vínculos comerciales,  es que todas ellas suelen estar documentadas. Para buscar cuáles han sido históricamente los vínculos que nos han unido con los habitantes del territorio que hoy ocupa Polonia nos tenemos que remontar a los siglos I y II d.C., concretamente al pueblo de los godos asentados en la desembocadura del río Vístula, conocida como Cultura de Wielbark. Con el devenir de los siglos, los godos continuaron en movimiento y desde tierras polacas fueron avanzando, lenta pero continuamente, por la Europa Central y Occidental, entrando incluso en conflicto con el Imperio Romano y asimilando buena parte de su cultura. Este fabuloso periplo  finalizó a mediados del siglo VI d.C., cuando los descendientes de esos godos de las orillas del Vístula fundaron en la Península Ibérica el Reino Visigodo de Toledo desde la cual gobernaron la península y partes de Francia hasta la invasión islámica del año 711.

No obstante, para encontrar la primera conexión no oficial entre España y Polonia, debemos acudir a finales del siglo X. Este contacto fue llevado a cabo por el comerciante judío Ibrahim Ibn Jacob (natural de Tortosa), que viajó por la Europa Central y Oriental como enviado del Califa de Córdoba al-Hakam II. Su periplo viajero le llevó a visitar las ciudades europeas de Utrecht, Praga y la ciudad de Cracovia, una de las grandes ciudades comerciales de la Polonia medieval.

Sin embargo, si hubo algo que realmente unió a estos dos países fue algo bastante más intangible pero mucho más potente: la fe cristiana. Y es que en 1122 el Reino de Polonia consiguió hacerse con el control de la Pomerania Occidental, iniciando entonces un proceso de evangelización de sus habitantes en la fe cristiana que fue dirigido inicialmente por un sacerdote español, un benedictino de nombre Bernardo.

Durante los siglos XIV y XV apenas disponemos de datos que nos informen de las relaciones entre España y Polonia. No obstante, sí que existen fuentes que confirman que existió una conexión entre ambos países a través del comercio, gracias a la gran red mercantil conocida como La Liga Hanseática o Hansa  . Polonia exportaba principalmente cereales, madera (los pinos polacos eran muy preciados en la fabricación de mástiles para barcos) además de lino, cáñamo y otros productos agrícolas. La prosperidad de este comercio fue enorme, manteniéndose muy activo hasta mediados del siglo XVII.

Además del comercio, las relaciones entre España y Polonia se cimentaron también en el intercambio cultural y el conocimiento. En el año 1490 llegó a Sevilla un personaje que influiría poderosamente en la vida cultural de la ciudad: el tipógrafo Estanislao el Polaco, también conocido como Lanzalao Polono. Originario de la región de Silesia, Polono habría cursando estudios en la Universidad de Cracovia. Junto a un compañero de estudios, el alemán Meinardo Ungut, viajó a Italia y, tras asentarse en Nápoles, ambos habrían trabajado juntos para perfeccionar sus habilidades en el oficio de la impresión de libros.

Una vez asentado en su taller sevillano junto a su socio Ungut, su primer libro se editaría en el año 1491. Con él se inició una gran actividad que, a lo largo de 14 años, les permitió editar un total de 111 libros, aunque la cifra puede que sea aún mayor. Hoy en día una placa conmemorativa señala la ubicación del taller tipográfico de Estanislao el Polaco, uno de los más importantes de la Sevilla del siglo XV.

Pero esta conexión entre ambas potencias no duraría mucho y en el siglo XVII se produjo un cierto alejamiento e incluso cese de relaciones entre España y Polonia. Entre las causas, que son diversas, podemos destacar las diferencias en cuanto al régimen político –la monarquía absolutista en España era vista como una amenaza por los aristócratas polacos-y en materia religiosa –la tolerancia religiosa que se vivía en Polonia por aquella época chocaba frontalmente con la ortodoxia católica defendida por la Santa Inquisición.

Con la llegada del siglo XVIII asistimos en toda Europa a la creación de un sistema de representación diplomática estable entre las distintas naciones europeas, surgiendo así las embajadas y legaciones diplomáticas que dirigirán el flujo de esta amistad a través de los convulsos siglos XIX y XX.

Polonia y España son países que a pesar de estar distantes, se “sienten” cercanos en muchos aspectos. Su pasión por la lengua de Cervantes se asemeja al “pellizco” que muchos japoneses sienten con el flamenco. Y es por ello que esta semana españoles y polacos  compartirán en Hablaworld algo más que el tiempo; vivirán un mismo espacio y lo llenarán de palabras. Palabras que sonarán en español.

 

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